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Cuadrado Redondo

El hada sin alas y el duende con rabo

El hada sin alas y el duende con rabo

A una bella hada le arrancaron las alas, condenándola a arrastrarse entre nosotros, los perros. Un mundo verde en el que dormía placidamente por las noches y volaba alegre en los largos días fue sustituido por barrios que se pasaban la mayoría del tiempo bajo sombras cimentadas en nuestra civilización. Caminaba frágil por las calles, asustada por la idea de chocarse con alguna malhumorada fiera que pusiera a prueba su débil voluntad. Desde la dolorosa amputación pasaba las largas noches llorando y los oscuros días buscando alimento y techo. En un rojizo atardecer el hada sin alas se encontró a un duende con rabo que la incitó a mantenerse despierta esa noche y por primera vez beber del flujo de la dama nocturnidad. El pillo duende se jactaba de ser ingenioso y agradable, decía que era bueno y cándido, un ángel atrapado en el cuerpo deforme de un paria. El hada creía compartir el dolor de ese ser inferior y mezcló sus sinceras lágrimas con las del duende. La voluntad del hada cedió ante la falsedad oportuna del cochino embustero y sobre la estela del duende hizo paradas en locales frecuentados por brujas locas y magos borrachos. El hada y el duende consumían pociones de todos los colores que les permitían ver lo que solo los dioses podían admirar. El sol salía y los poderes de la noche menguaban, el duende le ofreció posada al hada y esta, embriagada aún por los elixires, aceptó, aquel amanecer se unieron. El hada pensaba que mediante aquel acto físico por fin encontró un calido rincón donde cobijarse en esos extraños parajes. El duende sabía que en el catre de su aposento se había follado al sueño deseado de miles de perros solitarios y perdidos que rondaban por las esquinas implorando algún amor amargo. 

 

El duende, a sabiendas de la atracción que ofrecía la luna, engatusaba al hada con palabras bonitas rasgadas por la voz de una criatura que sabía más de lo que recordaba. La boca retorcida del hada fue convirtiéndose en una sonrisa bobalicona que casi carecía de sentido. La picarona sonrisa del duende ocultaba un secreto morboso, evidente pero imperceptible para el hada, que disfrutaba de la nueva vida junto al que ella consideraba su salvación. El duende desquició la mente del hada hasta confundirla y convertirse así en el único pilar de su existencia. El hada, imitando al pájaro sin alas que era, se acomodaba con cualquier postura en el nido que su arquitecto construyó a base de ramas falsas. Fue este el principio de un hogar que llegaría a convertirse en sólida amargura.

 

El tiempo pasaba y llegó el invierno, tan frío y punzante como el acero que empuña un carnicero. El hada y su acompañante debían resguardarse por las noches en la lúgubre cueva del duende. Fue entonces cuando el cascarón de mentiras que había creado el duende alrededor suya fue destruido por un ataque de ira ante los poderes que le impedían disfrutar de su único consuelo, la noche. El duende se reveló como la fiera maltrecha que era, el personaje que representaba fue asesinado por la verdadera imagen de un ser herido y rabioso, despreciable a los ojos de cualquier persona. En la boca del duende se mezclaban sangre y saliva, y acto seguido, esputó en los muñones de la temblorosa y frágil hada. La divina tullida, en un acto doloroso de fe, abrazó al enloquecido desgraciado y lloro junto a él, las lagrimas de ésta se mezclaron con el oscuro liquido que desprendía la boca de su penitencia. El insufrible dolor del duende menguó hasta convertirse en un sordo sollozo, acurrucado en la amargura.   

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