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Cuadrado Redondo

ALEGRE TRISTEZA

ALEGRE TRISTEZA

ARTICULO PUBLICADO EN EL PERIODICO DIGITAL WWW.IN-DEPENDIENTE.ES

En esta sección les recordaremos a algunos y les descubriremos a otros, joyas cinematográficas que por su “antigüedad” han sido olvidadas lejos de ser obsoletas. El cine es un arte joven, con poco más de cien años ha pasado por todo tipo de épocas. En lo que otras artes han tardado cientos de años, el cine lo ha hecho en tan solo un siglo, inicio, apogeo y, ahora, declive. En estas décadas ha pasado por el impresionismo, el surrealismo, el expresionismo alemán, el realismo, neorrealismo... cada uno con sus descubrimientos y adelantos narrativos y dramáticos. Ahora, que raramente se contenta al público con grandes obras, es necesario enseñar lo mejor de un arte que decae a medida que la tecnología y los medios benefician su producción. Me parece imprescindible empezar fuerte con, seguramente una de las diez mejores películas de la intensa historia del cine, Vivir, de Akira Kurosawa, un director de ojos rasgados cuya visión abarcaba todo oriente y parte de occidente. Como demuestra en esta película, adaptación de “La muerte de Ivan Ilich” de Tolstoi. 

 

 

 

Últimamente si no me duele, no me siento vivo. Con esta frase se podría resumir el motivo del resurgimiento de Kanji Watanabe. La vida es el estado intermedio entre el nacimiento y la muerte pero cuando no haces nada con tu tiempo, es tiempo muerto, así que nuestro protagonista lleva muerto mucho tiempo. Kanji Watanabe, jefe de la sección de los ciudadanos de una administración de Tokio, pasa la vida sin pena ni gloria entre informes y documentos que sella, o no, de manera mecanizada. No hacer nada parece ser la mejor manera de mantener el trabajo. Casi treinta años como funcionario sin descuidar un día su labor. Un grupo de mujeres van a la sección de los ciudadanos de la administración de Tokio. Sus hijos juegan cerca de un terreno estancado y piden su saneamiento proponiendo la creación de un parque infantil, cambiaría así, de ser un foco de infección a un espacio lúdico beneficioso para la comunidad. Watanabe las manda a otro departamento.

 

 

Un día Watanabe realiza una visita al médico y se topa de bruces con un cáncer de estómago, es entonces cuando su rutinaria vida se desvanece; falta al trabajo, miente a su hijo sobre sus quehaceres, saca sus ahorros del banco y se emborracha en un sucio tugurio donde regala la medicación. Quiere morir, pero asegura que no puede ya que nunca ha vivido. Es aquí donde se encuentra con su particular Mefistófeles, un decadente novelista que le lleva de la mano por nocturnos caminos revelándole la vida que nunca ha disfrutado. Mujeres, juego, ruido y alcohol hacen que su sombrero de funcionario durante tantos años portado se pierda y, en lugar de éste, empiece a lucir un claro y juvenil cubrecabezas. Imágenes dantescas de borrachos gritando, fulanas danzando y guirnaldas cayendo del techo empiezan a sobrevenirle.  Pero su no vida contagia a las personas que, gozosamente, disfrutan en una sala de fiestas. Entre lagrimas canta una melancólica canción, “La vida es corta”, acompañada por un estridente piano. Es entonces cuando su Mefistófeles le saca de allí para descubrirle uno de los condimentos de la vida: la mujer; a la cual mira como si fuese la primera vez que aprecia su belleza.

 

Con barba raída, impropia de su, hasta ahora, modo vida y sombrero nuevo, símbolo de su nueva corta vida, se topa con la única persona de la oficina que parece aprovechar el tiempo. Una vivaracha muchacha que quiere dejar el trabajo porque se aburre y necesita el sello del jefe de sección para irse definitivamente. Watanabe, sin pega alguna,  le sella el documento para hacerla feliz. En ella encuentra un escape jovial para la recta final, pero años y años de tedioso costumbrismo no atraen a la joven y tras unas cuantas semanas compartiendo el tiempo decide abandonarle. La pena que le produce el viejo no es suficiente motivo para continuar saliendo con él. La muchacha le revela el secreto de su vida; hacer conejitos mecanizados para que los niños de Tokio jueguen. Esto supone una revelación para Kanji. Hacer algo es suficiente para vivir y sale corriendo, coreado por el “happy birthday to you” que cantan unos adolescentes que festejan en el mismo local donde se lleva a cabo la ultima cita de la extraña y platónica pareja. Watanabe renace y vuelve al trabajo.

 

 

 

Watanabe moviliza  la sección del ciudadano para llevar a cabo el saneamiento de Kuroe Cho, como reclamaban las mujeres desde el principio de la película, y para construir el parque, emprende una batalla burocrática contra el resto de departamentos: el de parques, el de obras públicas... para conseguir que la obra se lleve a cabo. La primera imagen que nos muestra Kurosawa tras esta toma de decisión es una fotografía de Kinji en su velatorio. Por fin está muerto, ya que ha conseguido vivir gracias a hacer algo. Su vida llegó a tener un sentido y tras lograr su fin, dejó de disfrutarla.

 

Tras su muerte los periodistas dicen que Watanabe murió en protesta por el sistema burocrático que anula cualquier intento hacer que prosperen causas no del todo rentables. Los políticos afirman que se suicidó, y los médicos que murió de cáncer de estómago. Esas pudieron ser las causas de su muerte, pero Watanabe murió gracias a llegar a vivir.

El hada sin alas y el duende con rabo

El hada sin alas y el duende con rabo

A una bella hada le arrancaron las alas, condenándola a arrastrarse entre nosotros, los perros. Un mundo verde en el que dormía placidamente por las noches y volaba alegre en los largos días fue sustituido por barrios que se pasaban la mayoría del tiempo bajo sombras cimentadas en nuestra civilización. Caminaba frágil por las calles, asustada por la idea de chocarse con alguna malhumorada fiera que pusiera a prueba su débil voluntad. Desde la dolorosa amputación pasaba las largas noches llorando y los oscuros días buscando alimento y techo. En un rojizo atardecer el hada sin alas se encontró a un duende con rabo que la incitó a mantenerse despierta esa noche y por primera vez beber del flujo de la dama nocturnidad. El pillo duende se jactaba de ser ingenioso y agradable, decía que era bueno y cándido, un ángel atrapado en el cuerpo deforme de un paria. El hada creía compartir el dolor de ese ser inferior y mezcló sus sinceras lágrimas con las del duende. La voluntad del hada cedió ante la falsedad oportuna del cochino embustero y sobre la estela del duende hizo paradas en locales frecuentados por brujas locas y magos borrachos. El hada y el duende consumían pociones de todos los colores que les permitían ver lo que solo los dioses podían admirar. El sol salía y los poderes de la noche menguaban, el duende le ofreció posada al hada y esta, embriagada aún por los elixires, aceptó, aquel amanecer se unieron. El hada pensaba que mediante aquel acto físico por fin encontró un calido rincón donde cobijarse en esos extraños parajes. El duende sabía que en el catre de su aposento se había follado al sueño deseado de miles de perros solitarios y perdidos que rondaban por las esquinas implorando algún amor amargo. 

 

El duende, a sabiendas de la atracción que ofrecía la luna, engatusaba al hada con palabras bonitas rasgadas por la voz de una criatura que sabía más de lo que recordaba. La boca retorcida del hada fue convirtiéndose en una sonrisa bobalicona que casi carecía de sentido. La picarona sonrisa del duende ocultaba un secreto morboso, evidente pero imperceptible para el hada, que disfrutaba de la nueva vida junto al que ella consideraba su salvación. El duende desquició la mente del hada hasta confundirla y convertirse así en el único pilar de su existencia. El hada, imitando al pájaro sin alas que era, se acomodaba con cualquier postura en el nido que su arquitecto construyó a base de ramas falsas. Fue este el principio de un hogar que llegaría a convertirse en sólida amargura.

 

El tiempo pasaba y llegó el invierno, tan frío y punzante como el acero que empuña un carnicero. El hada y su acompañante debían resguardarse por las noches en la lúgubre cueva del duende. Fue entonces cuando el cascarón de mentiras que había creado el duende alrededor suya fue destruido por un ataque de ira ante los poderes que le impedían disfrutar de su único consuelo, la noche. El duende se reveló como la fiera maltrecha que era, el personaje que representaba fue asesinado por la verdadera imagen de un ser herido y rabioso, despreciable a los ojos de cualquier persona. En la boca del duende se mezclaban sangre y saliva, y acto seguido, esputó en los muñones de la temblorosa y frágil hada. La divina tullida, en un acto doloroso de fe, abrazó al enloquecido desgraciado y lloro junto a él, las lagrimas de ésta se mezclaron con el oscuro liquido que desprendía la boca de su penitencia. El insufrible dolor del duende menguó hasta convertirse en un sordo sollozo, acurrucado en la amargura.   

Sociedad en desarrollo

Sociedad en desarrollo

Entiendo que invertir en sociedad es usar la gestión de nuestros impuestos en beneficio de las gentes, de su educación, de su civismo, seguridad etc... y que invertir en desarrollo es dirigirse hacia los campos del arte, la tecnología y demás avances que facilitan nuestro vivir del día a día y consigue que aguantemos mejor. 

Confiar en la inversión de sociedad implica en confiar en las personas. Confiar en que podrán aprovechar los servicios que se ponen a su disposición, aprovecharán la educación, se formarán, serán correctos, cultos, pulcros, honrados y ninguno será un ladrón, bien por su formación o bien por la imposición. Los partidarios de invertir en sociedad piensan que esto es posible y que cuanto más se vuelquen hacia su progreso mejor será el mundo. Eeeennng eeerrooor. Las personas no tenemos remedio, somos un animal que cuanto más evoluciona más involuciona, somos jauría, no colectivo. Pretender enseñar un can rabioso a comer con cuchara no es factible. Mucho tiempo y ningún resultado. 

Los que apuestan por invertir en desarrollo son más pragmáticos. Posiblemente sean  conscientes de que no hay esperanza para su raza, y lo único que se puede hacer para sobrellevarlo es la creación de un bálsamo. Grandiosas películas, descubrimientos tecnológicos que mejoran nuestro paso del tiempo, y que éste sea más gratificante pudiendo analizar un cuadro. 

Los principios del odio

Los principios del odio

Me podéis acusar de apología del odio. No os falta razón, ensalzo su uso, reclamo su practica por todos. En la historia ha habido grandes odiadores que consiguieron azañas gloriosas. Hitler usó extraordinariamente la materia que le proporcionaba Alemania y practicaba el odio, hasta lo exponía en publico. El odio de Malcom X fue la causa de su lucha contra, primero los blancos sin excepción, y luego contra cualquier tipo de discriminación. Hacia donde enfoques tu odio te definirá como persona. El odio no es la única herramienta que hay contra el contingente cotidiano, pero sí la más potente. Y no es sencillo manipularla a tu favor, su peso hace que en ocasiones se vuelva contra ti. Por ese motivo es la menos practica para todo aquel al que le flaquee la entereza.

 Odiar no es necesariamente malo, pero si complicado y conlleva cruces a la espalda, siendo tu existencia una de ellas. No proporciona tranquilidad, solo irratibilidad y hechos agresivos y violentos, para bien, o para mal, tú decides.

Introducción al odio

Introducción al odio

La voluntad del viandante es la que hace que el mundo gire bajo sus pies. Somos ratones enjaulados cuyo amo nos anima a hacer ejercicio para que no nos acomodemos en nuestra paja, engordemos y muramos. Nos necesitan para seguir siendo los amos. Pero la voluntad es un tallo débil que forma parte de la flor de la personalidad, y el tallo es débil por que las constantes lluvias y vientos de obstáculos, que nos asolan, la mayoría de ellos fuertes por que nosotros mismo les damos esa fuerza, consiguen marchitarnos. Por eso no nos queda nada más que luchar, y para luchar hay que odiar. Por lo que esto es para luchadores, odiadores, el que no odie, que no lea, y el que lea, que aprenda a odiar.